Metepec: la ciudad que olvidó al agua

Por: Juan José Alva Sánchez

Quienes vivimos en Metepec o diariamente recorremos sus calles, difícilmente imaginamos que este municipio, caracterizado por sus desarrollos residenciales y centros comerciales, tiene su origen en un territorio donde el agua fue uno de los principales elementos que determinaron la vida de sus habitantes.

Mucho antes de convertirse en el municipio de auge económico que conocemos, Metepec formaba parte de una región lacustre en la que convivían lagunas, pantanos, tierras de cultivo y comunidades que dependían directamente de los recursos naturales.

De hecho, la historia de esa relación entre el ser humano y la naturaleza permanece en uno de los símbolos más representativos de Metepec: la Tlanchana. Aunque hoy la conocemos como una sirena, las investigaciones históricas señalan que originalmente era representada como una mujer con cola de serpiente, asociada con el agua, la fertilidad y la abundancia. Según la tradición, vivía en las lagunas y de su cuerpo emanaban peces, ranas, ajolotes y serpientes. No es casualidad que esta figura haya ocupado un lugar tan importante en la identidad de los antiguos pobladores: el agua y la naturaleza representaba una condición fundamental para su supervivencia.

Muchas generaciones de metepequenses han transmitido la leyenda de la Tlanchana. Pero ese pueblo cuyos elementos naturales habrían permitido la vida de esta mujer que enamoraba a los pescadores ha cambiado drásticamente en las últimas décadas. La transformación más profunda de la historia en Metepec llegaría en la segunda mitad del siglo XX: el crecimiento de Toluca, la industrialización y la expansión habitacional modificaron la vocación del municipio. En 1950, Metepec tenía apenas 17mil habitantes; en la actualidad su población alcanza a más de 240 mil personas. En poco más de setenta años pasó de ser un municipio rural a uno esencialmente urbano.

Este crecimiento ha generado beneficios: la actividad comercial, la inversión inmobiliaria y la expansión de los servicios han contribuido a la economía regional, a la generación de empleos y a la consolidación de Metepec como uno de los principales centros de actividad económica del Valle de Toluca. Sin embargo, también han producido transformaciones ambientales que merecen una reflexión más profunda.

Según el Plan de Desarrollo Municipal actual, el 83% de la superficie del municipios corresponde a espacios urbanos, mientras que las áreas agrícolas representan alrededor del 14%. Estas cifras reflejan la magnitud de una transformación territorial que parece haber concedido cada vez más importancia al valor inmobiliario del suelo que a las funciones ambientales que desempeña.

Y aquí surge una pregunta fundamental: ¿hasta dónde puede crecer una ciudad sin comprometer las condiciones naturales que permiten habitarla?

El suelo no solamente representa una superficie disponible para construir viviendas, calles o establecimientos comerciales. También cumple funciones indispensables en la absorción del agua de lluvia, la regulación de la temperatura y la conservación de la biodiversidad.

Esto no significa que debamos oponernos al crecimiento urbano ni pretender que Metepec regrese a las condiciones que tenía hace 200 años. El desarrollo de las ciudades es inevitable y, en muchos sentidos, necesario. Lo que debemos cuestionar es la manera en que se toman las decisiones sobre su crecimiento y la importancia que se concede a sus consecuencias ambientales.

Desde la perspectiva de las políticas públicas, el problema aparece cuando la planeación urbana responde principalmente a las necesidades de expansión comercial y habitacional, mientras la protección del suelo, del agua y de los espacios naturales ocupa un lugar secundario. El verdadero desafío consiste en reconocer que el desarrollo económico y la conservación ambiental no deberían representar objetivos contrapuestos.

Metepec todavía tiene la oportunidad de construir una relación distinta con su territorio. Proteger las superficies agrícolas que permanecen, recuperar espacios de infiltración, conservar los humedales y establecer criterios ambientales más estrictos para los nuevos desarrollos permitiría avanzar hacia un modelo urbano más equilibrado. No se trata solamente de plantar árboles o construir nuevos parques, sino de incorporar el funcionamiento de los ecosistemas en las decisiones que determinarán el futuro del municipio.

Quizá la mayor contradicción de Metepec sea que hemos logrado preservar a la Tlanchana como símbolo de nuestra identidad cultural, mientras hemos transformado profundamente el entorno natural que explica su existencia. Su imagen permanece en las artesanías, las plazas y los espacios públicos, pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que representa.

La Tlanchana no debería recordarnos únicamente una leyenda del pasado. También tendría que invitarnos a pensar en el futuro de nuestro territorio. Porque el verdadero progreso de una ciudad no puede medirse solamente por el número de construcciones, establecimientos comerciales o inversiones que recibe, sino por su capacidad para mejorar la vida de sus habitantes sin comprometer los recursos naturales de las siguientes generaciones.

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