¿Qué demonios está sucediendo en todo el mundo?

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

Una máquina de escribir colorida rodeada de flores y patrones vibrantes, con un papel en blanco que dice 'el derecho a escribir'.

03 DE NOVIEMBRE DE 2026 ¿Qué demonios está sucediendo en todo el mundo?

Intentando encajar las piezas de un rompecabezas bastante confuso y complicado respecto a ¿qué demonios está sucediendo en todo el mundo?, resulta inevitable detenernos a observar las protestas y los movimientos sociales que se han presentado y continúan manifestándose en distintas regiones del planeta y pretendiendo encontrarle la cuadratura al círculo, tomaré como referencia Albania, Alemania, Bélgica, España, Francia, Italia y México, porque percibo que, aunque sus demandas no necesariamente coinciden, existen razones visibles y suficientemente fundamentadas para que sus ciudadanos cuestionen a sus respectivos gobiernos y les exijan actuar; en mi opinión, estamos frente a inconformidades que, en su origen, tienen plena justificación; empero, eso no significa que todas las acciones emprendidas durante esas manifestaciones sean igualmente legítimas, porque una cosa si debemos tener muy claro, exigir que las condiciones cambien es objetivo, preciso y puntual, pero otra muy distinta es pretender que cualquier medio utilizado para conseguirlo resulte aceptable y, quizá sea precisamente ahí donde comienza una reflexión que no podemos seguir postergando ¿qué está sucediendo en nuestras sociedades para que tantas personas sientan la necesidad de salir a las calles a reclamar un futuro diferente?

Para entender el alcance de estas manifestaciones necesitamos mirar más allá de las consignas, los enfrentamientos y las respuestas gubernamentales, y es que existe una transformación generacional que merece especial atención, porque durante décadas se nos presentó una determinada concepción de lo que significaba “tener una vida hecha” que iniciaba con estudiar, conseguir un empleo estable, comprar una casa, formar una familia, tener hijos, adquirir un automóvil, ahorrar, y finalmente alcanzar una jubilación que permitiera disfrutar de los años posteriores al trabajo; ese itinerario nunca fue una realidad universal, ni todas las generaciones anteriores consiguieron recorrerlo; sin embargo, sí terminó convirtiéndose en una especie de referencia colectiva sobre lo que debía y sobre todo, tenía que representar una vida exitosa; no obstante, hoy, muchas personas pertenecientes a las nuevas generaciones cuestionan esa ruta, no necesariamente porque sean incapaces de identificarse con ella, sino porque sus prioridades, sus aspiraciones y su concepción del bienestar pueden ser distintas, el problema, es que tampoco podemos asumir que quienes sí desean alcanzar esas condiciones cuenten con las oportunidades necesarias para hacerlo, y es entonces cuando existe una disyuntiva importantísima entre lo que quieren, lo que pueden conseguir y lo que las condiciones económicas y sociales les permiten, ya que existe una distancia que merece ser examinada con mucho más cuidado.

Una vez que podemos acomodar todas estas fichas en el tablero, es posible percatarnos que aparece un contraste fundamental porque son generaciones que están demostrando que pueden cambiar determinadas reglas del juego, pero que todavía no necesariamente encuentran la manera de cambiar aquellas que condicionan su propio futuro; sus decisiones de consumo, sus exigencias en materia de alimentación, salud, bienestar y responsabilidad ambiental han obligado a numerosas empresas a revisar productos, procesos y prácticas que durante años parecían inamovibles, han demostrado que es posible ejercer influencia sin ocupar un cargo público, simplemente modificando hábitos, cuestionando comportamientos empresariales y haciendo visibles exigencias que, antes, tenían menor presencia en la conversación colectiva; a pesar de ello, cuando se trata de transformar las condiciones políticas, económicas e institucionales que determinan sus posibilidades de acceder a una vivienda, conseguir un empleo digno o construir un proyecto de vida independiente, esa capacidad parece mucho más limitada, puesto que lo único que es fácil es REACCIONAR, no exige intelecto, no exige estudio, pero lo peor de todo es que en la mayoría de estos casos, lo que hemos visto, es que NO EXIGE PROPUESTA, porque tampoco es algo que tengan ya construido, solo protestan porque no están conformes pero no alimentan esa protesta con acciones para cambiarlo, y es entonces cuando en mi cabeza comienzan a llegar cuestionamientos del tipo ¿No estaremos frente a una paradoja generacional en la que los jóvenes tienen cada vez más capacidad para influir en las decisiones de las empresas, en los hábitos de consumo y en la conversación pública, pero siguen teniendo una capacidad mucho más limitada para incidir en las decisiones políticas, económicas y estructurales que determinan sus posibilidades reales de construir una vida?

Buscando ejemplos claros para sustentar el hecho de que estas nuevas generaciones han podido hacer que sus exigencias sociales pueden modificar el comportamiento de las empresas la encontré dos casos significativos que vale la pena compartir con detenimiento; el de Greenpeace frente a Thai Union, uno de los grandes grupos mundiales de productos del mar, y el segundo es, de la misma organización, frente a Unilever, cuya cadena de suministro de aceite de palma fue cuestionada por su relación con la deforestación en Indonesia; en ambos casos, las denuncias, las campañas públicas y la presión ejercida sobre dichas compañías, contribuyeron a que asumieran compromisos para modificar prácticas, revisar proveedores y mejorar sus mecanismos de trazabilidad, aunque eso no significa que todos esos compromisos se hayan cumplido plenamente ni que los problemas hayan desaparecido, lo verdaderamente importante es que las empresas tuvieron que reconocer que determinadas exigencias sociales ya no podían ser ignoradas sin consecuencias para su reputación y sus decisiones comerciales; y es exactamente esa capacidad de modificar el rumbo de los mercados la que también podemos observar en algo mucho más cotidiano, como es el crecimiento de los productos y servicios destinados a las mascotas, un fenómeno que, aunque ya se manifestaba antes de la pandemia del COVID-19, durante el confinamiento recibió un impulso considerable, particularmente entre las generaciones jóvenes, pues distintos sondeos realizados en Estados Unidos bajo el sello de Money, American Pet Products Association (APPA) y Frontiers, así como de Canadá realizado por Narrative Research, identificaron una mayor propensión de millennials y personas de la generación Z a incorporar perros y gatos a sus hogares, en algunos casos buscando compañía frente al aislamiento; a partir de ahí, la industria encontró una nueva disposición a gastar en algo que antes podía ocupar un lugar secundario y multiplicó las opciones, desde alimentos especializados y servicios veterinarios hasta carriolas, ropa, juguetes, calzado y toda clase de accesorios, porque el mercado no necesita que todos los consumidores compartan la misma motivación, le basta con identificar que existe una nueva disposición a gastar en algo que antes no tenía esa importancia; empero, hay una diferencia que no debemos perder de vista, mientras contamos con indicios de que las nuevas generaciones están modificando hábitos de consumo y preferencias comerciales, todavía necesitamos preguntarnos si esa capacidad de influencia también está encontrando una expresión suficientemente concreta cuando se trata de transformar las condiciones políticas, económicas e institucionales que determinan su propio futuro.

Ahora bien, trasladando esa reflexión de comportamiento del mercado a la vida pública, es cuando aparecen nuevos cuestionamientos que no podemos eludir, porque una cosa es influir en que una empresa revise sus productos, sus proveedores o sus procesos para responder a las exigencias de sus consumidores, y otra muy distinta es modificar decisiones gubernamentales, presupuestos, políticas públicas y estructuras económicas que afectan a millones de personas; para entender esa diferencia no basta con observar las consignas que se repiten en las calles ni con quedarnos únicamente con las imágenes de enfrentamientos que circulan en los medios y las redes sociales, necesitamos conocer qué reclaman quienes se manifiestan, qué circunstancias originaron su inconformidad, qué alternativas proponen y, sobre todo, qué sucede cuando las autoridades responden o cuándo las propias movilizaciones comienzan a tomar caminos distintos de aquellos que les dieron origen; por eso, vale la pena detenernos en seis escenarios europeos que, aunque no responden a una sola causa de origen, ni constituyen necesariamente un movimiento coordinado, permiten observar distintas expresiones de inconformidad y preguntarnos si estamos frente a sociedades que han decidido exigir un futuro diferente o ante gobiernos que han dejado acumular problemas hasta que la calle se convierta en uno de los pocos espacios donde la ciudadanía considera que puede hacerse escuchar.

Tomemos casi todos los países nombrados, Albania, Alemania, Bélgica, España, Francia e Italia presentan escenarios distintos, aunque en todos encontramos ciudadanos que han salido a expresar inconformidades frente a decisiones o condiciones que consideran insostenibles; comencemos con Albania, las movilizaciones estudiantiles se incorporaron a una protesta más amplia contra el gobierno de Edi Rama, señalando presuntos actos de corrupción, deficiencias educativas, falta de oportunidades laborales y exigiendo incluso la renuncia del primer ministro, mientras que en Alemania las manifestaciones han puesto sobre la mesa el rechazo de jóvenes al posible restablecimiento del servicio militar obligatorio, la oposición al rearme y las exigencias de mayor inversión en educación, vivienda y protección climática; en Bélgica, estudiantes y sindicatos han cuestionado el encarecimiento de la educación, las aulas saturadas y los recortes presupuestarios, sumándose también a movilizaciones relacionadas con el poder adquisitivo y los servicios públicos; España, por su parte, ha vivido protestas de gran magnitud alrededor de la crisis de vivienda, los aumentos de alquiler y los desalojos, con movilizaciones que adquirieron fuerza después del caso de una mujer de 87 años expulsada de la vivienda en la que había residido durante décadas; en Francia, lo que comenzó con reclamos estudiantiles y de docentes por la falta de personal, las condiciones de las escuelas y el deterioro de la educación pública terminó incorporando demandas relacionadas con el costo de vida, los salarios y los servicios públicos, mientras que en Italia las movilizaciones han reunido a estudiantes, trabajadores y sindicatos inconformes con la inflación, los bajos salarios, el costo de los combustibles, las condiciones educativas, el financiamiento de los servicios públicos y las políticas de rearme; las respuestas gubernamentales tampoco han sido iguales, pues hemos observado desde anuncios de medidas y llamados al diálogo hasta despliegues policiales, detenciones, restricciones a las manifestaciones y enfrentamientos que, en algunos casos, derivaron en incendios, saqueos, agresiones y destrucción de bienes públicos y privados; y poniendo especial atención en este último punto, debemos detenernos con cuidado, porque las imágenes de violencia pueden terminar ocupando el lugar de las demandas que dieron origen a las protestas, desviando la atención de los problemas que se pretendía denunciar y provocando que, una causa legítima, pierda respaldo social por las acciones de quienes deciden recurrir a la destrucción o a la agresión; empero, tampoco podemos cometer el error contrario y utilizar los actos de algunos participantes para desacreditar a todos los manifestantes, porque una protesta no se convierte automáticamente en ilegítima por la conducta de quienes la violentan, como tampoco el hecho de que una demanda que sea justa convierte en aceptable cualquier acción emprendida en su nombre.

Yo no tengo por qué saber cómo solucionar todos los problemas de mi país; precisamente por eso voto, elijo y apoyo a un representante popular, porque confío en que tendrá la capacidad, los conocimientos y la visión necesarios para hacerlo. Y esa responsabilidad no termina en nuestras fronteras, porque también espero que quien gobierna sepa anticipar las consecuencias que los conflictos internacionales pueden tener sobre mi país y actúe para proteger los intereses de sus ciudadanos.

Cuando la sociedad reduce sus expectativas, también reduce el costo político de la incompetencia, la improvisación y la ausencia de visión de largo plazo, y es aquí cuando aparecen dos preguntas que considero indispensables: ¿realmente sabemos lo que necesitamos como sociedad?, ¿los gobiernos que elegimos son verdaderamente los que necesitamos? porque una cosa es identificar nuestras inconformidades y otra muy distinta comprender qué decisiones, conocimientos, capacidades y proyectos se requieren para atenderlas; no podemos esperar que cada ciudadano sea especialista en economía, salud, educación, infraestructura o relaciones internacionales, pero sí podemos exigir que quienes reciben nuestra confianza mediante el voto tengan la preparación, el criterio y la capacidad para integrar a quienes conocen esas materias, escuchar sus argumentos, contrastar sus propuestas y tomar decisiones fundamentadas; y es que cuando elegimos a un representante popular no estamos contratando a alguien para que simplemente administre nuestras inconformidades durante un periodo electoral, le estamos otorgando un mandato para atender necesidades, anticipar problemas y construir condiciones que permitan mejorar nuestra calidad de vida, incluso frente a circunstancias internacionales que pueden repercutir directamente en nuestros hogares.

Es a partir del momento en que visitamos las urnas, en que hemos ido perdiendo de vista:algo trascendental, reconocer la importancia del conocimiento especializado no significa renunciar a nuestra capacidad de pensar sobre aquello que desconocemos técnicamente; porque no necesito ser ingeniero para cuestionar las consecuencias de una obra pública, aunque las decisiones sobre su seguridad estructural deban sustentarse en los conocimientos de los especialistas correspondientes; tampoco necesito ser economista para preguntar cómo afectará determinada política a los ingresos familiares, ni médico para exigir explicaciones sobre las decisiones que comprometen la salud pública. Cada conocimiento tiene su momento y su ámbito de aplicación, pero el pensamiento, el razonamiento y la capacidad de relacionar consecuencias no deberían quedar confinados a una profesión; y ofrezco una disculpa de antemano, pero Leonardo da Vinci representa una de las expresiones más extraordinarias de esa curiosidad capaz de conectar fenómenos, disciplinas y conocimientos aparentemente distantes, porque comprendió que una observación en determinado ámbito podía abrir preguntas y posibilidades en muchos otros; el problema no es especializarnos para conocer mejor, sino convertir esa especialización en una frontera que nos impida comprender cómo se relaciona una decisión con todo el demás; el conocimiento especializado debe profundizar nuestra comprensión, no monopolizar nuestro derecho a cuestionar.

Tal vez sea el momento adecuado para preguntarnos ¿cómo podemos exigir decisiones mejor fundamentadas si cada vez estamos menos dispuestos a examinar aquello que escuchamos, leemos o aceptamos? bueno pues, hemos comenzado a confundir la popularidad con la razón, la repetición con la evidencia y el consenso con la verdad; con demasiada facilidad adoptamos lo que piensa la mayoría, reproducimos las conclusiones de quienes consideramos autoridades o aceptamos explicaciones porque coinciden con nuestras convicciones, sin detenernos a investigar si realmente tienen sustento; eso también es una forma de obediencia intelectual: permitir que las ideas de otros sustituyan nuestro propio ejercicio de razonamiento y, ojo, no se trata de rechazar todo conocimiento ni de desconfiar indiscriminadamente de quienes saben más, sino de comprender que incluso las explicaciones mejor fundamentadas deben poder someterse a examen, porque cuestionar no significa negar, así como aceptar una conclusión respaldada por evidencia no significa renunciar a la posibilidad de revisarla si aparecen nuevos elementos; de hecho, una educación que se limita a premiar la reproducción de respuestas y no desarrolla la capacidad de preguntar, relacionar, contrastar y argumentar corre el riesgo de formar personas que saben repetir conocimientos, pero no necesariamente utilizarlos para comprender su realidad ¿Qué clase de ciudadanía podemos construir si dejamos de ejercitar precisamente la capacidad que necesitamos para evaluar a quienes toman decisiones en nuestro nombre?

En resumen, quizá por eso resulta tan interesante observar sociedades como Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca, no para idealizarlas ni suponer que están libres de corrupción, errores o conflictos, sino para examinar qué condiciones educativas e institucionales han permitido desarrollar mayores exigencias sociales y una visión de largo plazo en determinadas políticas públicas; el caso finlandés, invita a estudiar la importancia de la formación docente y la continuidad educativa; Noruega ofrece una referencia particularmente interesante sobre la administración intergeneracional de los recursos naturales mediante su fondo soberano, cuyo propósito es transformar una riqueza finita en patrimonio financiero para el futuro; y es qué, no son fórmulas que puedan trasladarse mecánicamente a cualquier país, sino experiencias que obligan a preguntarnos por qué algunas sociedades han conseguido construir mecanismos para pensar más allá de los periodos de gobierno, mientras otras parecen conformarse con resolver las urgencias inmediatas y dejar las consecuencias para quienes vienen detrás, porque gobernar no debería consistir únicamente en evitar que una crisis estalle durante el tiempo que se ocupa un cargo, sino en asumir la responsabilidad de que nuestras decisiones no se conviertan en los problemas de las siguientes generaciones; entonces regreso al cuestionamiento que atraviesa toda esta reflexión, ¿qué futuro podemos exigirles a nuestros gobernantes si nosotros mismos dejamos de cuestionar sus decisiones, si confundimos obedecer con participar y si estamos dispuestos a conformarnos con mucho menos de lo que podríamos construir? ¿Estamos eligiendo a quienes realmente necesitamos para gobernarnos o simplemente hemos dejado de preguntarnos qué significa gobernar bien?

Finalmente, el caso de México lo he dejado pendiente, pues bien, para quienes no pudieron leer la columna anterior, las protestas no sólo son legítimas sino que, al menos en este pequeño suceso, los mexicanos se unieron y han demostrado pensamiento crítico, porque para el resto, sus legislaciones tanto de derecho positivo como vigente, contemplan el derecho ciudadano de expresarse, de manifestar sus inconformidades frente a los actos gubernamentales; empero, la diferencia entre un acto legítimo y uno que puede ser tildado de oportunista es dividido por una línea sumamente delgada y donde, en gran parte de los casos, existen actores políticos, grupos de choque, intereses ocultos y personajes detestables que aprovechan la coyuntura para llevar agua a su molino y ahí, es precisamente donde entra o debiera entrar el pensamiento crítico social, el investigar un poco más el verdadero fondo de esos reclamos, el separar quirúrgicamente los momentos tanto políticos, sociales como económicos que rodean la situación e intentar desmenuzarlos para poder entender si hay alguien detrás o simplemente son personas que decidieron echar a perder la lucha legítima del vecino, y entonces la pregunta con la que me quedo rondando en la cabeza es ¿Es justo que un reclamo social pueda ser intervenido por cualquier actor de cualquier índole con la finalidad de deslegitimizarlo, con el afán de que pierda fuerza, o en realidad estos movimientos sociales nos quieren dar a entender que como sociedad necesitamos ponernos a la altura de las circunstancias y ser curiosos, preguntar, preguntar y preguntar hasta entender perfectamente lo que sucede antes de emitir un juicio?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1450 en Barcelona, España, se inaugura una de las Universidades más antiguas del mundo, la “Universitat de Barcelona” y que sería hasta 1932 cuando adquiriera su autonomía; en 1792 en Guadalajara, México, se inaugura la segunda Universidad más antigua del país, la “Real Universidad de Guadalajara” y que para 1925 eliminaría de su nombre la palabra Real; en 1954 fallecía en Nice, Francia, el artista gráfico, ceramista, dibujante, diseñador, escultor y pintor Henri Émile Benoît Matisse, quien ha sido reconocido como uno de los más grandes artistas del siglo XX, entre su obras más destacadas encontramos “La Danse” (La Danza – 1910),”Le bonheur de vivre” ( La alegría de vivir – 1906) y “Femme au chapeau” (Mujer con sombrero – 1905).

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