Por: Rodolfo Munguía Álvarez.

Estimado lector, a usted no le ha pasado, encontrar al navegar en una red social, alguna publicación que diga algo así como: ¿Cuál es tu pretexto para no hacer ejercicio hoy? o ¿Qué pretexto pondrías para no empezar una dieta? Pues justo ayer, al navegar en Facebook encontré una que decía ¿Cuál es tu pretexto para no leer? No importa que la inventes”; aunado a otro que decía ¿Podrían recomendarme un libro? Porque quiero hacerme el hábito de lectura. Estos mensajes me hicieron reflexionar que la lectura, al igual que distintos gustos por la comida, son personales, es decir, no pueden ser transferidos de una persona otra y por tanto, un libro que me gusta a mí, probablemente a otra persona no le haga sentido. Esto puede deberse a que no todos buscamos en la lectura el mismo tipo de información o esparcimiento; el mismo libro puede ser leído por dos personas diferentes, pero a cada una, de acuerdo a su género, edad, a su bagaje cultural, a sus necesidades de información, e incluso, a lo que está viviendo en ese momento, le puede parecer completamente diferente, es decir, no hay un libro que sea para todo tipo de lectores. Y esto lo comento porque lamentablemente en el sistema educativo tradicional, le obligaban a los estudiantes a leer libros “clásicos” para “formarlos”, provocando en ellos el efecto contrario y, un alejamiento total de los libros. Déjeme ponerle un ejemplo. Aún recuerdo cuando en Secundaria tuve que leer por obligación La Ilíada y La Odisea, de Homero. Estos libros aún a la fecha me son casi incomprensibles. Prácticamente no hay una página en donde no encuentre dos o tres palabras que no sé su significado, y ya para la página 20, prácticamente estoy perdido sin saber qué estoy leyendo. Muchos de los lectores que están ahora siguiendo esta columna, coincidirán conmigo en que, si un estudiante de 12 ó 13 años tiene una experiencia como la que yo tuve, cerrarán el libro y pensarán “si esto es la lectura, a mí no me gusta leer”, creándose un daño psíquico permanente, al pensar que la lectura es aburrida y que no es para ellos.

Yo creo que la lectura puede ser una de las herramientas más útiles y hermosas que les permiten a las personas tener un crecimiento personal, por lo cual, optaría por alguna otra técnica de acercamiento a la lectura, como la que en su momento tuvo como docente, el escritor Germán Dehesa. Él tenía un listado de 100 libros y cada inicio de curso, le daba a escoger a sus estudiantes uno de ellos. Algunos, que se inclinaban por las aventuras, tomarían el libro de “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas, otros más optarían por Los hornos de Hitler, de Olga Lengyel y, uno que otro por ahí optaría por un libro latinoamericano de romance entre dos protagonistas. Pero seguramente usted se preguntará ¿pero quién le pone el cascabel al gato? ¿quién es la persona que decide qué libros se deben incluir en ese listado de títulos? Pues bien, la respuesta es muy simple: alguien que los haya leído. Cualquier persona que haya leído esos libros, podría guiar mejor a sus estudiantes y saber qué recomendarles de acuerdo a sus intereses personales. De esta manera, los primeros acercamientos de los estudiantes a la lectura serían con libros que realmente les interesan; por cierto, abandonar su lectura tampoco significaría problema, porque tendrían otros 99 títulos para elegir una segunda oportunidad. Al final del curso, dependiendo de la duración de este, cada alumno habrá leído cierta cantidad de libros de acuerdo a sus propios intereses, quitándole el miedo a la lectura. Dicho lo anterior, en esta columna a la que denominé: ¿A usted no le ha pasado? no trataré de recomendarle libros, sino más bien de platicarle alguno que me haya interesado, del que haya yo aprendido, que haya disfrutado y que quisiera compartirles. Ésta vez, que escribo desde el encierro provocado por la pandemia, iniciaré con un libro por demás interesante: la historia real de una niña que escribe un diario a quien le platica lo más importante de lo que vive día tras día. Esta niña, que apenas está iniciando la etapa de la adolescencia, enfrenta una de las tragedias más grandes de la humanidad, escondida en un pequeño espacio, para evitar caer, junto con su familia, en las manos del ejército Nazi. Por ello, ésta viva narración de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista de una pequeña, se volvió uno de los retratos más impactantes de un lamentable acontecimiento que esperamos no se vuelva a repetir jamás. El libro se llama El Diario de Ana Frank —aunque fue editado por primera vez como El anexo secreto— y usted seguramente lo podrá localizar en algún librero de su casa, o en la siguiente plataforma: DrGloop.com, en donde podrá encontrar una de las mejores traducciones del texto original.

Si gusta comentarme qué le pareció este libro o hacerme algún comentario adicional, por favor escríbame a: lector.frecuente@gmail.com: me dará mucho gusto saber de usted.

¡À la vous santé, monsieur!

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