Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

| 04 DE AGOSTO DE 2026 | Bab-el-Mandeb |
¿Cómo es posible que un espacio geográfico aparentemente marginal tenga la capacidad de alterar una civilización que presume dominar el planeta mediante tecnología, mercados y sistemas globales de control?; empero, quizá la respuesta se encuentra en una de las paradojas fundamentales de nuestro tiempo: hemos aprendido a conquistar la distancia, pero seguimos dependiendo de lugares que nunca aprendimos a mirar.
Durante décadas, la humanidad construyó la percepción de haber reducido la importancia de la geografía, pues la velocidad de las comunicaciones, la expansión de los mercados financieros y la sofisticación tecnológica generaron la sensación de que las fronteras físicas habían perdido parte de la influencia que históricamente ejercieron sobre el desarrollo de las sociedades, entonces, la globalización parecía haber creado un sistema donde la distancia era solamente una variable técnica que podía ser administrada mediante infraestructura, información y eficiencia logística.
La realidad contemporánea ha revelado una contradicción mucho más profunda, mientras más complejos se vuelven los sistemas que sostienen la civilización moderna, mayor parece ser la dependencia respecto a puntos geográficos específicos cuya importancia permanece oculta hasta que una crisis obliga al mundo a reconocerlos; por ello, la tecnología permitió disminuir el impacto de la distancia, pero no eliminó la necesidad de atravesar espacios concretos para que los bienes, la energía y las personas continúen desplazándose.
Durante meses, la atención internacional permaneció concentrada en el estrecho de Ormuz, su relevancia era evidente para cualquier observador interesado en la estabilidad mundial: un punto geográfico asociado con el transporte energético, con la seguridad regional de Medio Oriente y con la posibilidad de alterar mercados internacionales si su funcionamiento se veía comprometido. Ormuz representaba aquello que el mundo estaba acostumbrado a identificar como estratégico: un lugar donde la posesión de recursos podía convertirse en una herramienta de poder.
Mientras la mirada internacional permanecía enfocada en ese espacio ampliamente reconocido, otro punto geográfico comenzaba a revelar una forma distinta de influencia. Bab-el-Mandeb, un estrecho cuyo nombre resulta desconocido para millones de personas, empezó a demostrar que la vulnerabilidad de la civilización contemporánea no depende únicamente de quién controla aquello que permite producir, sino también de quién puede modificar los caminos por donde aquello que produce el mundo, necesita circular.
Ubicado entre Yemen y el Cuerno de África, Bab-el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y representa una de las rutas marítimas fundamentales para el comercio entre Asia y Europa, a través de sus aguas transitan mercancías, energía y componentes esenciales para mantener funcionando una economía global que depende de la continuidad del intercambio internacional. Su importancia no reside únicamente en lo que pasa por ese estrecho, sino en lo que revela: una civilización que presume haber dominado la distancia continúa dependiendo de lugares que la mayoría de sus integrantes nunca ha observado.
La diferencia entre Ormuz y Bab-el-Mandeb permite comprender una transformación profunda en la manera de interpretar el poder. Ormuz representa el poder visible de los recursos; Bab-el-Mandeb representa el poder invisible de los flujos, porque uno recuerda que la economía necesita aquello que permite generar riqueza; el otro demuestra que esa riqueza depende de las rutas que permiten conectarla con el resto del mundo, y no debemos olvidar que la globalización no funciona únicamente porque existen bienes disponibles, sino porque existe una red compleja de conexiones capaz de transportarlos, distribuirlos y mantenerlos en movimiento.
Dicho esto, el impacto de una amenaza sobre un punto estratégico no depende exclusivamente de que una interrupción esté presente y, la posibilidad de que ocurra ya modifica comportamientos, altera decisiones empresariales, incrementa costos y obliga a reorganizar sistemas completos antes de que llegue el momento más crítico. Las empresas navieras, aseguradoras y operadores logísticos no esperan necesariamente a que una ruta desaparezca para reaccionar; ajustan sus decisiones porque la incertidumbre tiene un costo propio.
Esa es una de las paradojas centrales de la globalización: la misma eficiencia que permitió construir cadenas de suministro capaces de conectar continentes también creó una dependencia extraordinaria respecto a determinados puntos de conexión, resaltando que los sistemas modernos fueran diseñados para funcionar con precisión, velocidad y coordinación, de tal suerte que una alteración localizada puede generar consecuencias que superan ampliamente el espacio donde se originó, revelando históricamente, como respuesta humana frente a esta vulnerabilidad, la adaptación y cuando una ruta deja de ser viable, aparecen alternativas; cuando una limitación surge, se desarrollan nuevas soluciones; cuando un sistema encuentra una restricción, la inteligencia humana intenta reorganizarlo. La civilización no ha avanzado porque haya eliminado todos los obstáculos, sino porque ha desarrollado la capacidad de encontrar caminos distintos frente a ellos.
Creíamos que el poder pertenecía a quienes dominaban territorios y recursos; el siglo XXI comienza a demostrar que también pertenece a quienes son capaces de alterar el tiempo de los sistemas; empero, no olvidemos que la política todavía administra territorios; el mercado marca tiempos.
La diferencia aparece cuando observamos quién responde y bajo qué lógica responde, mientras los sistemas económicos modifican sus decisiones en función del riesgo inmediato, las estructuras políticas suelen operar mediante procesos más lentos, vinculados con negociaciones, acuerdos institucionales y responsabilidades territoriales.
Esa diferencia no significa que una lógica sea superior a la otra, sino que revela una tensión propia de la civilización contemporánea, dando paso inevitablemente a que los gobiernos representen espacios, poblaciones y soberanías; las empresas representan continuidad, eficiencia y capacidad de adaptación frente a las condiciones cambiantes del entorno y cuando en un mundo donde las conexiones son tan importantes como los territorios, la velocidad con la que una estructura responde puede convertirse también en una forma de poder.
Durante siglos, la humanidad entendió el poder principalmente como una capacidad asociada con la posesión: controlar territorios, dominar recursos, proteger fronteras; la realidad actual muestra que existe otra dimensión menos evidente: el poder de quienes ocupan los puntos donde los sistemas necesitan pasar, de quienes pueden alterar los tiempos de una civilización que depende de la circulación permanente y de quienes poseen la capacidad de modificar las condiciones bajo las cuales funciona la interdependencia mundial.
Bab-el-Mandeb no posee relevancia porque Yemen controle la economía mundial, su importancia surge precisamente de lo contrario: un espacio considerado periférico que adquirió una influencia extraordinaria cuando formó parte de una red de la que todos dependen, y no es que la geografía haya desaparecido con la tecnología; simplemente dejó de ser visible para una sociedad que comenzó a confundir la capacidad de comunicarse con la capacidad de controlar completamente el mundo.
Solo basta con echar una mirada al pasado y recordar que la humanidad rara vez avanza mediante soluciones perfectas, avanza mediante soluciones suficientes que permiten continuar, corregir y volver a intentar. La resiliencia humana no consiste en evitar toda dificultad, sino en transformar las limitaciones encontradas en oportunidades para reorganizarse, y esa capacidad explica por qué sociedades enteras han sobrevivido a crisis, conflictos y transformaciones que parecían imposibles de superar.
Finalmente, la historia nos ha restregado en la cara una y otra vez que la humanidad ha sobrevivido gracias a esa enorme capacidad de ser resilientes, de adaptarse a las limitaciones que encuentra; empero, resulta inevitable hacernos este cuestionamiento: ¿por qué las estructuras creadas para organizar esa capacidad de adaptación terminan, con tanta frecuencia, ralentizándola en lugar de potenciarla?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1789 en Versalles, Francia, la Asamblea Nacional Constituyente abolió el régimen feudal, con lo cual, suprimió los privilegios fiscales, el diezmo, y los derechos señoriales sobre las personas, dando surgimiento al Estado liberal como el nuevo sistema político; por ello surge una nueva clase social denominada “proletariado”; en 1875 fallecía en Copenhague, Dinamarca, el actor, bailarín, cantante, cuentista, dramaturgo, escritor, novelista y poeta Hans Christian Andersen, quien nos dejó como legado las obras de “Snedronningen” (La reina de las nieves – 1844), “Den grimme ælling” (El patito feo – 1843) y por supuesto su obra magna “Den lille havfrue” (La sirenita – 1837); en 1944 en Amsterdam, Países Bajos, oficiales de la Gestapo capturan a una familia de origen aleman cuyos nombres eran Otto, Edith, Margot y Anna de apellido Frank. En aquel momento Anna contaba con 15 años de edad y desde sus 12, había comenzado a escribir su diario, el cual, contenía como fecha partida la fecha del 9 de julio del año 1942 cuando todos los integrantes de su familia tuvieron que ocultarse para no ser deportados a los campos de exterminio.
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