El fuego que no queremos ver: incendios forestales, cambio climático y el negacionismo

Por: Juan José Alva Sánchez

Los incendios forestales no empiezan solamente cuando una chispa cae sobre la tierra seca. Empiezan antes, cuando normalizamos el calor extremo, cuando ignoramos la sequía, cuando reducimos la crisis climática a una exageración o cuando aceptamos como inevitable que cada verano el fuego consuma miles de hectáreas. En los últimos días, Canadá y varias regiones de Europa —especialmente España— han vuelto a recordarnos que el planeta está ardiendo bajo condiciones cada vez más severas. El fuego visible es apenas la consecuencia; detrás están el calentamiento global, la falta de prevención y una conciencia ambiental todavía insuficiente.

Los casos en el mundo cada vez son más claros. Como ejemplo, Europa enfrenta fuegos severos en medio de calor extremo y sequía; y España declaró emergencia de interés nacional en Madrid y Ávila por incendios que amenazaron poblaciones y exigieron movilizar recursos extraordinarios. No son hechos aislados. Son señales de un planeta más caliente, más seco y más vulnerable.

Conviene decirlo con claridad: el cambio climático no enciende por sí solo cada incendio. Muchos comienzan por causas humanas: quemas agrícolas, descuidos, negligencia o acciones intencionales. Sin embargo, el calentamiento global sí modifica las condiciones en las que esos incendios ocurren. Más calor, menos humedad, sequías prolongadas y vegetación seca hacen que el fuego avance más rápido, sea más difícil de controlar y cause daños mayores.

En otras palabras, una chispa puede iniciar el incendio, pero el clima extremo puede convertirlo en desastre.

Europa ayuda a entenderlo. Los incendios forestales siempre han existido, especialmente en zonas mediterráneas. Pero hoy ocurren en escenarios más complejos: olas de calor más intensas, suelos más secos, vientos fuertes y mayor presión humana sobre los territorios. De acuerdo con el sistema europeo EFFIS-Copernicus, al 22 de julio de 2026 la Unión Europea acumulaba más de 254 mil hectáreas quemadas y más de 1,250 incendios detectados, cifra superior al promedio de largo plazo.

El problema no termina en los bosques. El humo deteriora la calidad del aire, afecta la salud pública, obliga a evacuar comunidades, destruye viviendas, libera emisiones contaminantes y daña ecosistemas completos. Por eso los incendios recientes deben entenderse como una advertencia ambiental, sanitaria y social.

Frente a esta evidencia, preocupa el papel del negacionismo climático que, principalmente, se vive en redes sociales. Negar el cambio climático no es una simple opinión sin consecuencias. Cuando se minimiza el calentamiento global, también se reduce la urgencia de actuar. Cuando se dice que “siempre ha hecho calor” o que “siempre ha habido incendios”, se oculta lo importante: no hablamos de fenómenos nuevos, sino de fenómenos que ahora ocurren bajo condiciones más extremas.

El negacionismo debilita la conciencia ambiental. Si la sociedad cree que todo es exageración, disminuye la presión para prevenir incendios, restaurar bosques, reducir emisiones, mejorar el manejo forestal y modificar hábitos de consumo. En el fondo, negar el problema ayuda a posponer las soluciones.

La respuesta no puede limitarse a apagar el fuego cuando ya está fuera de control. La verdadera política pública empieza antes: con ordenamiento territorial, vigilancia comunitaria, prevención de quemas, educación ambiental, manejo adecuado de bosques y protección de áreas naturales.

En México, esta reflexión es urgente. Aunque los incendios de Canadá o España parezcan lejanos, compartimos problemas similares: altas temperaturas, sequías, pérdida de cobertura forestal, quemas agrícolas, presión urbana sobre zonas naturales y baja cultura de prevención. En estados con bosques importantes, como el Estado de México, la prevención de incendios debe verse también como una política educativa y comunitaria.

El fuego no empieza únicamente en el bosque. También empieza cuando una sociedad normaliza el calor extremo, ignora la sequía, ridiculiza la ciencia o minimiza la preocupación ambiental. Frente al negacionismo, la respuesta debe ser conocimiento. Frente a la indiferencia, conciencia. Y frente a la crisis climática, acción pública y ciudadana antes de que el siguiente bosque vuelva a arder.

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