Donde el deporte se vuelve memoria

Por: José Carlos Zepeda García

En el deporte existe una parte que muy pocas veces vemos en las transmisiones: aquella que ocurre cuando termina la competencia, se apagan las luces y los deportistas pasan a formar parte de la historia. Y es necesario decir que, para conservar esa memoria, se han creado algunos recintos histórico-deportivos, donde una camiseta, una medalla, unos zapatos, unos guantes o un balón pueden contar mucho más que cualquier estadística.

En Lausana, Suiza, existe uno de los referentes más importantes en cuanto a recintos que resguardan acervos histórico-deportivos. Me refiero al Museo Olímpico, a cargo del Comité Olímpico Internacional, que abrió sus puertas el 23 de junio de 1993.

Hoy, este recinto resguarda casi 100 mil objetos, alrededor de 900 mil imágenes, 58 mil horas de películas y más de un kilómetro de archivos, lo que representa toda una memoria física del movimiento olímpico mundial.

Un dato interesante sobre este museo es que el reconocido arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, uno de los responsables del diseño y construcción del Estadio Azteca, el Museo Nacional de Antropología y el Palacio Legislativo de San Lázaro, participó en su construcción.

Si hablamos de futbol, la mención se la lleva el National Football Museum, ubicado en Manchester, Inglaterra. Su colección supera las 40 mil piezas y conserva desde documentos y reglamentos históricos hasta camisetas, trofeos y objetos relacionados con las grandes figuras del futbol británico y del mundo entero.

Entre su acervo destacan el manuscrito de las primeras reglas del juego, de 1863; el uniforme de futbol femenino más antiguo; los botines de George Best y recuerdos del viejo Wembley, entre otros objetos.

Para los amantes del béisbol, el National Baseball Hall of Fame and Museum, ubicado en Cooperstown, Nueva York, es casi un lugar sagrado. Este recinto conserva alrededor de 40 mil objetos, entre guantes, bates, gorras y jerseys; 200 mil tarjetas de béisbol; fotografías, documentos y firmas de leyendas de la talla de Babe Ruth, Jackie Robinson y Ty Cobb, entre muchos otros.

En nuestro país también existen recintos que resguardan un importante acervo histórico-deportivo y que merecen ser conocidos. Por ejemplo, el Museo Olímpico Mexicano, que desde 1994 se encuentra dentro de las instalaciones del Comité Olímpico Mexicano, conserva medallas, fotografías, documentos e incluso algunos objetos personales de deportistas mexicanos.

Además, cuenta con el famoso “Paseo de los Medallistas”, donde se muestra la trayectoria de los atletas mexicanos en Juegos Centroamericanos, Panamericanos y Olímpicos.

Y el Estado de México no se queda atrás. El Salón Deporte, ubicado en Naucalpan, contiene más de 2 mil piezas, nacionales e internacionales, distribuidas en nueve salas dedicadas a disciplinas como futbol, béisbol, boxeo, tenis, automovilismo, futbol americano, lucha libre y deporte olímpico.

Así como sucede con cualquier otro recinto cultural, debemos tener en cuenta que un museo deportivo no es simplemente un lugar lleno de “cosas”. Es un espacio que resguarda objetos cargados de valor histórico, cultural, deportivo e incluso sentimental.

Los sacrificios reflejados en la obtención de esas medallas, la trayectoria que se deja en unos tachones de futbol, las gotas de sudor que salpican el tartán, la identidad detrás de una máscara, los tacómetros que superan los 300 kilómetros por hora y los gritos arrancados desde las gradas quedan plasmados en esa especie de cápsula del tiempo.

Preservar esas memorias permite que un niño pueda mirar la camiseta de algún campeón y preguntarse quién fue, qué hizo y hasta dónde llegó. Y esa curiosidad siempre puede convertirse en el trampolín para descubrir una nueva vocación deportiva.

Cualquier disciplina se vive con pasión en las pistas, los estadios, las canchas y los cuadriláteros. Pero cuando la competencia termina, la historia necesita un lugar donde quedarse. Y estos museos cumplen precisamente con esa misión: convertir los triunfos, las derrotas, los protagonistas y las emociones de generaciones enteras en un patrimonio que pueda ser conocido por quienes vienen detrás.

Porque un país que conserva su historia deportiva no solamente recuerda a sus campeones; también les muestra a las nuevas generaciones que ellas pueden convertirse en las próximas protagonistas de esa historia.

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