Por: Francisco Javier Estrada

Los dos tomos de entrevistas realizadas por la valentía de Elena, que jovencísima se atreve a ir a hacer una serie de preguntas, que en el caso de Mario Moreno son un reto para el gran artista mexicano en el año 1953. La belleza del género de entrevistas es que quien decide hacerlo, hombre o mujer, expresa tanto lo grande del entrevistado, cuando este tiene el nivel de un Mario Moreno; o del que entrevista, que debe conocer a quien le pregunta de todo lo más posible sobre su biografía y experiencias de vida.
De leer libros, entrevistas, columnas en periódicos y revistas encuentro que el orgullo que los mexicanos tenemos por Elenita son más que válidos. Cierto es un tesoro vivo no sólo por los rumbos de Coyoacán, donde se le ve como una vecina a la que adoran, sino para la capital del país y su patria. Me llama la atención de su texto, en el que Juan Rulfo le dedica unas palabras, que por igual aparecen en contrapasta del texto Lilus Kikus, de editorial Grijalbo, dice: “hace muchos años, tal vez veinte o quizá un poco más, apareció un libro de sueños; los tiernos sueños de una niña llamada Lilus Kikus para quien la vida retoñó demasiado pronto”.
Mujer afortunada. Nació con grande aura para ser aceptada en todos aquellos ámbitos en los que ingreso con entusiasmo, audacia y bella presencia. Escribe Rulfo: Pero Lilus era también endiabladamente inquieta: corría a preguntarle a u filósofo si él era el dueño de las lagartijas que tomaban el sol afuera de su ventana. También divagaba en cómo hacerle a Dios un nido en su alma sin cometer adulterio e investigaba con su criada Ocotiana de qué tamaño y sabor eran los besos que le daba su novio. Todo en este libro es mágico y está lleno de olas de mar o de amor como el tornasol que sólo se encuentra, tan sólo en los ojos de los niños”. Afortunada carrera de escritora. Afortunada imaginación acompañada de una cronista de prosapia. Puro relato o imaginación, escribe en Lilus Elena: —Sabe usted, todo entra en descomposición, aunque el proceso sea lento y apenas perceptible… Estos muebles debió usted de lubricarlos; sus cuadros también, con aceite “Singer”, sí, sí, de las máquinas de coser… Con eso no se oscurecen. Claro, algunas amas de casa prefieran limpiarlos con una papa partida por la mitad y luego, luego, la papa se ennegrece de la pura mugre… ¡Después se fríen a la hora de comer y quedan muy ricas, papas a la francesa!”.
Es pregunta: ¿cuántos miles y miles de página lleva en vida Elenita para nuestro gozo y tarea de lectura?… Bien merecido el Premio Cervantes, mayor galardón en el idioma iberoamericano para orgullo de todos los que nos comunicamos por la forma oral o escrita y publicada a la fecha. Elena hace de la memoria su recinto de las cosas que cuenta: en Lilus dice: “Cuando acompañé a la tía Veronique a ver al señor Pinto en su taller oloroso a a aguarrás, a todas las maderas, a todos los bosques del mundo, uní por primera vez los muebles a los árboles. El señor Pinto, en su banquito, con sus lentes de arillo redondo, la vista baja, parecía envuelto en esa emanación de olores y su cara y sus manos tenían textura de sus tablones. Pero él no se daba cuenta”. De memoria se habita el escritor, de esa memoria hablaba el poeta Federico García Lorca, como cualidad esencial si se desea ser escritor de profundas avenidas.
Sigue Elenita: “…La tía Veronique respiraba fuerte como si su cuerpo rozara algo vivo y demandante, algo que nunca se iba a consumir y que subía con ella a medida que su respiración se hacía más anhelante. Entonces daba indicaciones con una morbidez vaga, con los ojos saciados, y de ella salín un no sé qué, algo que no eran sus palabras habituales, delatada por sus labios hinchados. Entonces me di cuenta de que los muebles están hechos para recibir nuestros cuerpos o para que los toluqueños amorosamente. No en balde tenían regazo, lomos y brazos acojinados para hacer caballito; no en balde eran anchos los respaldos; no eran muebles vírgenes o virginales, al contrario, pesaban sobre la conciencia”. Tanto que leer de Elenita, me pregunto a mí mismo.
Sus libros tienen la fortuna de ser buscados, cuenta con buena parte de sus lectores que amamos sus experiencias de vida, sus ágil y sencilla prosa que a la vez es elegante. Recuerdo mis pláticas con la escritora toluqueña Carmen Rosenzweig, quién me contaba del tiempo que Elenita y ella estuvieron en el taller de creación literaria de Juan José Arreola. Envidia de la buena me despertaban sus comentarios y de cómo es que convivió con la escritora. Bien que se conocieron en épocas de juventud siendo de la misma edad e ilusiones por las letras.
Querido Diego, te abraza Quiela, entre imaginación y realidad la escritora publica un texto que tiene el fin de imaginar a Angelina Beloff, que fuera pareja de Diego Rivera durante diez años. Elena dice estas palabras: “…exiliada rusa, pintora incipiente, escribe desde el gris, el frío y la pobreza del París de posguerra, a Diego Rivera, su compañero durante diez años, a quien no ha podido seguir en su regreso a México. Angelina Beloff escribe cartas amargas que el pintor no responde. Una mujer fina y suave atraída hacia una experiencia de libertad, soledad y creación en que las fuerzas le faltan y hay que inventarlo todo”. La obra de la narradora y cronista es muy amplia, tal cual su cultura de mujer del siglo XX y de éste que vivimos. Mujer de dos siglos abarca tanto su mirada que no hay más que admirarla leyendo sus libros, a cual más interesante ya por imaginación, ya por contar los hechos de su contemporaneidad que le hacen merecida ciudadana del mundo y de México.
Las cartas son dolorosa manera de saber cómo era Diego Rivera en su carácter y temperamento egoísta. Cita la última que aparece en el libro, la primera es del 19 de octubre de 1921: “22 de julio de 1922 / Parece haber transcurrido una eternidad desde que te escribí y sé de ti Diego. No había querido escribirte porque me resulta difícil callar ciertas cosas que albergo en mi corazón y de las cuales ahora sé a ciencia cierta que es inútil hablar. Tomo la pluma sólo porque juzgaría descortés no darte las gracias por el dinero que me has enviado […] Si te dijera que hubiera preferido una línea al dinero, estaría mintiendo sólo en parte; preferiría un amor cierto,,,”. Libro que es obligada tarea de leerlo, para comprender cuáles son los intereses de Elenita en su amplia gama literaria.
Ella no deja pasar nada que sea importante en lo humano y literario. No es extraño encontrar en librería de Toluca, en el Fondo de Cultura Económica, su texto titulado: Rosario Castellanos / En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros. En su primera edición de 2026, cita: “De que Rosario le interesó más la literatura que la filosofía queda patente por el hecho de que jamás se presentó para obtener su doctorado en filosofía porque ante todo quería escribir, construir su propia obra, y declaró ante sus sinodales que “ni siquiera estoy acostumbrada a pensar”. Rosario era tan inteligente, que por eso decía tal cosa y el texto es interesante pues Elenita comprueba que todo lo sabe.
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