Cuando el hielo sangra

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

08 DE SEPTIEMBRE DE 2026 Cuando el hielo sangra

¿Cuántas veces creemos estar viendo una cosa cuando en realidad estamos presenciando el resultado de una reacción que nuestros ojos no pueden percibir?

Nuestro planeta jamás dejará de sorprendernos, es bromista por antonomasia; empero, existen lugares que, a pesar de encontrarse en sitios sumamente remotos, cuando los podemos admirar, nos obliga o debería obligar, a entender el por qué y el cómo es posible que existan.

Blood Falls, las llamadas “Cataratas de Sangre de la Antártida”, parece ofrecer una respuesta inquietante desde el primer instante, un glaciar blanco del que emerge una corriente rojiza que se desliza sobre el hielo como si alguna herida profunda de la Tierra estuviera sangrando, pero no es sangre y tampoco es simplemente agua teñida de rojo, pues bien, el color aparece como consecuencia de una transformación química que ocurre cuando una salmuera rica en hierro, que permanece prácticamente aislada del oxígeno atmosférico mientras circula dentro del sistema glaciar, alcanza la superficie y entra en contacto con el aire, de modo que el hierro disuelto en estado reducido comienza a oxidarse y termina formando materiales ricos en hierro que modifican la manera en que la luz es absorbida y reflejada por el material que observamos, una transformación que estudios mineralógicos recientes han relacionado particularmente con nanopartículas amorfas ricas en hierro y no simplemente con los óxidos cristalinos que durante décadas fueron señalados como responsables del color.

Toda esta explicación un poco técnica la podemos resumir en unos cuantos puntos rápidos; la primera trampa está en nuestros propios ojos, porque vemos rojo y nuestro cerebro inmediatamente construye una explicación a partir de aquello que conoce, de tal manera que la imagen de una corriente que parece “sangre” termina imponiéndose sobre el proceso que realmente está ocurriendo, y quizá por eso resulte tan útil comenzar precisamente por la sangre, porque nosotros mismos hemos contribuido a construir otra de esas falsas verdades que repetimos hasta el cansancio convirtiéndola en una certeza visual; cuando observamos una ilustración anatómica y encontramos las arterias pintadas de rojo y las venas de azul pareciera lógico concluir que dentro de nuestro cuerpo existen dos colores de sangre; sin embargo, la sangre venosa no es azul, continúa siendo roja aunque presenta una tonalidad considerablemente más oscura porque la hemoglobina ha entregado parte del oxígeno a los tejidos, mientras que la apariencia azulada o verdosa de algunas venas que observamos a través de la piel surge de la manera en que la luz atraviesa, se dispersa y es absorbida por los tejidos y por la sangre situada debajo de ellos, de modo que una representación gráfica que utiliza azul para distinguir una vena de una arteria no está reproduciendo literalmente el color de la sangre que circula por ella.

Esta comparación no pretende decir que la sangre humana y Blood Falls funcionen mediante la misma reacción, porque no es así y, precisamente ahí, está la riqueza del paralelismo, la hemoglobina modifica sus propiedades ópticas al unirse con oxígeno mientras que en Blood Falls el hierro reducido presente en la salmuera se transforma al quedar expuesto al oxígeno atmosférico, pero ambos fenómenos permiten observar una misma condición de nuestra percepción, aquello que vemos puede ser el resultado final de un proceso que no podemos observar directamente, por lo que el color no necesariamente nos dice qué es una sustancia sino qué ocurrió con ella antes de que nuestros ojos la recibieran, y en Blood Falls esa diferencia entre apariencia y proceso será fundamental para comprender todo lo que permanece escondido debajo de la superficie.

La historia comienza mucho antes de que alguien pudiera explicar el color, porque esta mal llamada cascada, se encuentra en el extremo del glaciar Taylor, dentro de los Valles Secos de McMurdo, en la Tierra de Victoria, y el fenómeno fue observado durante la expedición Terra Nova encabezada por Robert Falcon Scott, siendo el geólogo australiano Thomas Griffith Taylor quien lo documentó durante la expedición de 1910 a 1913, un dato que puede parecer meramente histórico hasta que recordamos que aquellos exploradores no estaban frente a una curiosidad aislada sino ante una característica geológica cuya explicación tardaría décadas en comenzar a comprenderse, pues durante buena parte del siglo XX se propusieron interpretaciones que hoy confirmamos incompletas, incluyendo la posibilidad de que organismos pigmentados fueran responsables de la tonalidad rojiza, antes de que la química del hierro permitiera comprender el fenómeno.

Pensar en la Antártida suele llevarnos a una imagen casi automática, un territorio gigantesco cubierto de nieve y hielo, sometido a temperaturas extremas y rodeado por un océano igualmente frío, y aunque esa imagen sería parcialmente verdadera, también esconde una simplificación enorme, porque los Valles Secos de McMurdo constituyen la mayor región continua libre de hielo de la Antártida y presentan un paisaje de roca, suelo, montañas, lagos cubiertos permanentemente por hielo y glaciares que conviven con condiciones de extrema aridez, una combinación que convierte al lugar en uno de los ambientes terrestres más singulares para estudiar cómo funcionan el agua, la química y la vida cuando casi todo parece conspirar contra ellas.

Desierto, esta palabra que ayuda a romper todavía más nuestra percepción, porque éste no se define por la presencia de arena sino por la escasez extrema de precipitación, y en estos valles la aridez es tan pronunciada que los vientos catabáticos, las bajas temperaturas y la escasa humedad generan condiciones muy distintas de las que nuestra imaginación suele asociar con un continente cubierto por hielo, por ello resulta perfectamente posible hablar de un desierto polar sin que exista una sola duna de arena, y es esa combinación específicamente, la que empieza a construir la primera de las contradicciones que hacen de este lugar algo extraordinario, porque estamos ante un desierto que contiene hielo, un hielo que contiene agua líquida y un agua que contiene una química capaz de sostener vida.

Blood Falls no es una anomalía aislada. Es una anomalía dentro de otra anomalía.

Una vez que hemos comprendido el entorno que rodea esta preciosa anomalía natural, tenemos que puntualizar que existe otra anomalía aún más potente: en uno de los lugares más fríos, áridos y extremos del planeta existe agua líquida, y no hablamos de una pequeña cantidad de humedad escondida entre algunos granos de suelo sino de una salmuera que permanece dentro del glaciar Taylor, protegida por el propio hielo y sometida a temperaturas que, en condiciones ordinarias, deberían ser suficientes para convertir cualquier reserva de agua en una masa sólida, de modo que la pregunta deja de ser únicamente por qué aquella corriente adquiere una tonalidad rojiza, y comienza a convertirse en algo mucho más interesante: ¿cómo puede existir agua líquida ahí dentro?

La respuesta comienza con algo tan cotidiano que probablemente jamás habríamos pensado en relacionarlo con una de las mayores rarezas de la Antártida: la sal, porque cuando disolvemos una cantidad considerable de sal en agua hacemos que su punto de congelación descienda; es decir, necesitamos una temperatura menor para que las moléculas de agua logren organizarse y formar la estructura cristalina del hielo, y el fenómeno puede observarse incluso en nuestra propia casa, basta colocar dos recipientes con cantidades semejantes de agua dentro de un congelador y añadir sal solamente a uno de ellos para comprobar que ambos no reaccionarán exactamente de la misma manera frente al frío; aunque el pequeño experimento no reproduzca las condiciones extremas de Blood Falls sí nos permite comprobar algo fundamental: el agua salada puede permanecer líquida a temperaturas en las que el agua dulce ya se habría congelado.

Verdaderamente lo extraordinario comienza cuando trasladamos ese principio doméstico hasta el interior de un glaciar, porque allí la historia no consiste simplemente en añadir sal a un recipiente y esperar que el agua permanezca líquida, sino en un proceso mucho más prolongado en el que la congelación parcial puede concentrar las sales en el líquido que permanece, mientras las características térmicas y físicas del sistema glaciar contribuyen a mantener una reserva de agua extremadamente salina, de manera que cuanto más hielo se forma alrededor de ella, mayor puede ser la concentración de sales en la fracción líquida restante, como si el propio proceso de congelación fuera separando progresivamente el agua de aquello que lleva disuelto, y así una propiedad física que podemos comprobar en unos cuantos centímetros de agua dentro de nuestro congelador termina ayudándonos a comprender cómo puede existir un sistema líquido escondido bajo toneladas de hielo.

Ahora bien, aquí aparece una pregunta todavía más interesante, porque saber cómo puede permanecer líquida no nos dice todavía de dónde salió, y esa diferencia es fundamental para comprender por qué Blood Falls ha dejado de ser una simple curiosidad visual para convertirse en un objeto de investigación científica, ya que si aquella agua contiene una cantidad extraordinaria de sales y otros elementos químicos, su composición puede ofrecer pistas sobre los lugares por los que pasó, los materiales con los que estuvo en contacto y los procesos que experimentó antes de quedar atrapada dentro del glaciar, convirtiendo a la salmuera en algo parecido a un archivo natural cuya historia no está escrita con palabras sino con elementos químicos.

Para leer ese archivo los científicos recurren, entre otras herramientas, a la geoquímica, que estudia la composición y el comportamiento de los elementos químicos de la Tierra y permite preguntar qué sustancias están presentes en una muestra, en qué cantidades aparecen y qué procesos pudieron producir esa combinación, mientras la isotopía permite observar las distintas formas de un mismo elemento, los isótopos, que poseen el mismo número de protones pero diferente número de neutrones y que pueden conservar pequeñas diferencias capaces de funcionar como huellas de origen y transformación; empero, una muestra de agua puede contar mucho más de lo que aparenta, porque no solamente contiene agua y sales sino señales químicas que pueden ayudar a reconstruir una historia que ocurrió mucho antes de que alguien pudiera observarla.

Esa posibilidad fue llevada al interior del glaciar Taylor cuando investigadores utilizaron la sonda IceMole para penetrar aproximadamente 17 metros dentro del hielo y obtener directamente una muestra de la salmuera, un procedimiento que permitió estudiar por primera vez de manera directa las características químicas del líquido que permanecía oculto dentro del sistema y no únicamente aquello que alcanzaba la superficie, y el análisis publicado en 2019 mostró que la composición de aquella salmuera contenía señales compatibles con un origen marino antiguo, aunque la evidencia no permite reducir la historia a la idea sencilla de un fragmento de océano atrapado intacto durante millones de años, porque el agua y los solutos habían experimentado posteriormente procesos de concentración, interacción con las rocas y transformación química, de modo que aquello que hoy encontramos bajo el glaciar es el resultado de una historia mucho más compleja que la de un océano congelado en el tiempo.

La importancia de esa conclusión aparece cuando comprendemos que los investigadores no estaban buscando solamente explicar una corriente roja, sino reconstruir el pasado de un sistema que actualmente se encuentra en uno de los ambientes más extremos de la Tierra, porque determinadas relaciones entre elementos y firmas isotópicas permitieron establecer conexiones con agua de origen marino y, al mismo tiempo, identificar las transformaciones posteriores que modificaron aquella composición, convirtiendo la salmuera en una especie de registro químico de diferentes etapas de la historia del lugar, y precisamente ahí es donde una pequeña corriente que parece sangre comienza a llevarnos muchísimo más lejos de lo que nuestra primera mirada habría permitido imaginar.

Hubo un momento en que la Tierra era considerablemente más cálida; millones de años después, una de las huellas de aquel mundo cálido permanece escondida bajo el hielo de uno de los lugares más fríos del planeta que hoy conocemos.

Todo esto parece llevarnos a una de las ironías más hermosas de esta historia, porque el Plioceno comenzó hace aproximadamente 5,33 millones de años en un planeta considerablemente más cálido que el actual y con niveles del mar superiores a los que conocemos hoy, mientras una de las señales que nos ayudan a reconstruir aquella historia permanece actualmente en la Antártida, sepultada dentro de un glaciar, de manera que un lugar que hoy asociamos con el frío extremo puede conservar rastros químicos de un planeta que alguna vez fue mucho más cálido.

Cinco millones de años, sin embargo, son una cifra que nuestra mente difícilmente puede convertir en una imagen, porque para nosotros cien años ya representan más de una vida humana y mil años nos llevan hasta un pasado que solamente podemos reconstruir mediante vestigios, documentos y relatos, mientras cinco millones de años obligan a abandonar por completo nuestra escala cotidiana, y esa diferencia resulta fundamental cuando hablamos del clima de la Tierra, porque los procesos geológicos pueden desarrollarse durante millones de años mientras nuestra especie puede modificar determinadas condiciones ambientales en apenas unas cuantas generaciones, de ahí que Blood Falls permita establecer una relación incómoda pero necesaria entre tiempo geológico tiempo humano cambio climático, no porque el Plioceno sea una copia exacta de nuestro presente ni porque pueda utilizarse como una predicción infalible del futuro, sino porque estudiar un planeta que alguna vez fue más cálido permite observar cómo respondieron entonces sus océanos, sus hielos y sus ecosistemas.

Y todavía existe una sorpresa más, porque aquella salmuera que nos permitió mirar hacia el pasado no solamente conserva información sobre la historia del lugar, también permite la existencia de microorganismos en condiciones donde nuestra intuición supondría que la vida tendría enormes dificultades para sobrevivir, ya que determinados organismos pueden obtener energía mediante reacciones químicas y no dependen directamente de la luz solar para sostener su metabolismo, una posibilidad que modifica nuestra manera de imaginar los límites de la vida y demuestra que, incluso, dentro de un ambiente extremadamente frío, salino y prácticamente aislado pueden existir comunidades capaces de aprovechar los recursos disponibles.

Fue en agosto de este año que, una investigación publicada en Nature Geoscience llevó esta historia todavía más lejos al analizar muestras de los Valles Secos de McMurdo y encontrar evidencia genética de microorganismos eucariotas asociados con Blood Falls que presentan una marcada afinidad con comunidades marinas, mientras el análisis de ARN ambiental aportó señales compatibles con actividad biológica, un hallazgo importante porque abre la posibilidad de que parte de la comunidad actual conserve una relación evolutiva con ambientes marinos antiguos, aunque la evidencia no permite afirmar que los organismos encontrados sean literalmente los mismos que habitaron aquel ambiente hace millones de años, sino que apunta hacia una historia evolutiva en la que determinados linajes pudieron persistir, transformarse y adaptarse después de que las condiciones originales desaparecieran.

Blood Falls podría no estar conservando un mar antiguo, podría estar conservando la descendencia biológica de aquel mar; es equiparable a encontrar una habitación que conserva objetos de una época que ya desapareció.

Precisamente porque la historia resulta fascinante, debemos mantener la frontera entre lo que la evidencia permite afirmar y aquello que todavía pertenece al territorio de las preguntas, porque sabemos que la salmuera posee características químicas compatibles con un antiguo origen marino, sabemos que existen comunidades microbianas capaces de desarrollarse en ese ambiente y contamos con evidencia genética que permite establecer relaciones con comunidades marinas, pero todavía existen interrogantes sobre la historia completa de esos organismos, las transformaciones que experimentaron después del aislamiento y la manera en que diferentes fuentes de agua, sedimentos y microorganismos pudieron interactuar a lo largo del tiempo, y reconocer esos límites no debilita el descubrimiento, sino que constituye precisamente una de las mayores virtudes de la investigación científica: saber hasta dónde llegan los datos y tener la honestidad intelectual de detenerse antes de convertir una posibilidad en una certeza.

Finalmente, Blood Falls termina siendo mucho más que una corriente rojiza sobre un glaciar, porque aquello que nuestros ojos interpretan inicialmente como sangre nos conduce hacia una reacción química, esa reacción nos lleva hasta una reserva de agua líquida escondida bajo el hielo, el agua nos obliga a preguntarnos por su composición, la composición nos conduce hacia un antiguo ambiente marino, aquel pasado nos permite mirar hacia millones de años de evolución del planeta y la vida que encontramos allí nos recuerda que la Tierra ha desarrollado formas de persistir que todavía estamos aprendiendo a comprender; empero, la verdadera lección de estas cataratas no es solamente que nuestro planeta puede sorprendernos, sino que muchas veces creemos estar viendo una cosa cuando en realidad solamente estamos contemplando el resultado final de una historia que nuestros ojos no pueden percibir, y es entonces donde un cuestionamiento inevitable ronda mi cabeza ¿cuántas otras historias de nuestro planeta estaremos observando todos los días sin darnos cuenta de que están ahí?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1429 en París, Francia, la heroína francesa Juana de Arco, quien luchaba a favor del rey Carlos VII, ataca y toma la “ciudad de la luz” al intentar derrocar al duque de Borgoña con la finalidad de expulsar a los ingleses del reino de Valois; en 1504 en Florencia, Italia, un joven de escasos 26 años presentaría al mundo, en el centro de la capital toscana, una obra monumental de dimensiones exhorbitantes; 5.17 mts de altura y un peso de 5,572 kilogramos de mármol de carrara, ubicado en la Piazza della Signoria conformarían la escultura del “David” de Michelangelo. Esta emblemática escultura mundial fue trasladada en 1873 al interior de la “Galeria de la Academia” para no deteriorarla; sin embargo, en la Piazza della Signoria se puede observar una réplica; en 1967 en todo el mundo, se conmemora por primera ocasión el “Día Internacional de la Alfabetización”, el cual, fue declarado durante la 14ª Sesión de la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) celebrada el 26 de octubre de 1966 en París, Francia. Este acto es con la finalidad que “durante ese día se utilicen todos los medios de información, en todos los países, para luchar contra en el analfabetismo, y que los resultados de todos los programas de alfabetización sean difundidos en el plano nacional y en el plano internacional”

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