Por: Francisco Javier Estrada

De cronista a cronista es que leo el texto de Héctor de Mauleón, que aparece en el Tomo Tres, referente a Carlos Monsiváis, quizá uno de los más grandes lectores de fin de siglo XX e inicios del XXI en México. Murió joven Carlos para nuestra tristeza. Él y José Emilio Pacheco nos dejaron huérfanos de sus letras y su capacidad de lectores apasionados. De Mauleón, titula su texto: “Y, por mi Monsi, bohemios”, en el libro: La Ciudad Oculta / 500 años de Historia, publicado por editorial Planeta en el año 2022. Leo: “<<Cuando de alguna manera te enamoras de las causas perdidas, necesitas ya un mapa para volver a casa. Y no sucedió así, espero que no haya sido así […] La emoción política que se deposita en las causas sociales, en la defensa de los derechos humanos es una de las grandes emociones que uno puede sentir>>
2010 / <<La ciudad siempre me fascinó, entre en ella por dos vías: los libros de viejo y el cine […] una tercera vía fue el centro histórico: siempre me ha fascinado, creo que es el mayor archivo de locuras, capacidades creativas, degradaciones, ilusiones, exaltaciones, lo que sea>>”. Estas son palabras de Carlos en una entrevista que afortunadamente hizo Héctor sin saber que el gran lector de la Ciudad de México se encontraba a pocos días de fallecer. Así lo dice: “En la última frase de la entrevista que le hice aquel día hubo un dejo de fatiga, tal vez de entrega a la derrota: Dos semanas más tarde Carlos Monsiváis salió rumbo al hospital. Su muerte fue anunciada el 19 de junio de 2010. Se había sentado cinco veces frente a las cámaras del programa que conduzco en ADN40. En esas horas de grabación, en las que conversaba sobre temas muy diversos (libros, películas, premios, salones de baile, transformaciones urbanas). Monsiváis dejó significativos fragmentos de un relato sobre su vida y su trayectoria. Una especie de memoria sobre la ciudad, cuyos misterios y cualidades secretas él pudo develar como nadie”. Sí, el año de 2010 fue letal para la cultura escrita y la sabiduría que se reunieron en José Emilio Pacheco, del cual, con sólo contar sus tres tomos de Inventario, nos permite ver cuán grande era su cultura y el asombro de su sabiduría.
Así Carlos Monsiváis. Cuenta Héctor: “Pasaron 10 años. Al recortar los fragmentos de esas conversaciones en que el gran cronista habló de sí mismo —y unirlos como quien trata de hacer que embonen las piezas de rompecabezas distintos—, apareció la entrevista, que no fue posible hacerle las veces que acudió o que me recibió en su casa. Apareció una suerte de conversación oculta que transcurrió entre octubre de 2006 y marzo o abril de 2010, en la que Monsiváis hizo un retrato extraordinario de sí mismo”. Tomo nota de que Héctor lo llama “el gran cronista”, mientras aquella persona —de la que me enoja el olvido de su nombre— se atrevió a decir <<que por no saber o haber estudiado más historia, no pudo llegar a ser un buen cronista>>. De lo viejo y lo nuevo, el hombre que tenía tres culturas de lector: leía periódicos todos los días, leía revistas semanales y mensuales y, leía libros con fruición de lector apasionado. Quienes eso hacen en lectura son superiores a todos los demás.
Gracias a Héctor por reconocer el magisterio de uno de los mayores cronistas que ha tenido nuestra patria. Sigo los párrafos del libro de Héctor:
—¿Se puede dar por cierto que fue en casa del cronista Artemio de Valle-Arizpe en donde descubriste los libros y quisiste convertirte en escritor?
—Don Artemio de Valle-Arizpe era una figura excéntrica, hoy casi desconocida, que vivía en una casa llena de antigüedades y mandaba encuadernar sus libros a Holanda. Yo iba a ver a mi tía, que era su ama de llaves, los domingos, y don Artemio, que me dirigió la mirada una sola vez, y no de manera consistente, me dijo que tomara libros de unas cajas que tenía por ahí, y entonces eso me permitió leer, con escaso provecho, debo reconocer, a Emilia Pardo Bazán, a Pío Baroja.
En ese momento decidí ser lector, porque, porque a la edad que yo tenía es lo único que puedes hacer y entender, digamos que forma parte de las limitaciones del universo. Pero lo primero que leí, sabiendo que estaba leyéndolo, fue la Ilíada y me deslumbró. También lo primero que leí fue la Biblia, por la cuestión religiosa de mi madre, y lo primero que memoricé fue <<En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios>>. Creo que mi interés de lector viene de La Biblia y fue una de las cosas más aterradoras porque entonces yo memorizaba, me detenía en el versículo cuatro mil, y decía: ya, ni uno más, puedo perder la razón. Yo estaba en secundaria y para mi eso fue una experiencia. Frecuentaba mucho las librerías de viejo, la pasión de mi vida, y entonces ver cómo un señor mandaba a encuadernar sus libros a Holanda me parecía muy notable”.
Librerías de viejo como pasión de vida. No era raro encontrarlo por la Lagunilla buscando entre las mesas de libros de viejo, donde encontraba —comentándolo a quienes estaban cerca— verdaderas joyas y hasta incunables. Hoy su Biblioteca personal se haya en la Ciudad de los Libros, donde antes era la Ciudadela. Ahí están sus libros y documentos. Ahí están las Bibliotecas del gran investigador nacido en Jalisco José Luís Martínez; la del poeta nayarita Alí Chumacero, y la de otro gran filólogo Antonio Alatorre, si mal no recuerdo.
Lector nació desde su tierna infancia. Cuenta en dicha entrevista Carlos: “—Fue una infancia muy exótica, porque en sexto de primaria se me ocurrió decirles a los compañeros por qué no formábamos la biblioteca de la escuela y tuve la primera noción de lo que era la carcajada a mi costa”. No existe Cronista que no sea amante de los documentos, de los periódicos, de las revistas o de los libros. Carlos Monsiváis reunió como pocos esas culturas. No me resultó extraño que en un programa de televisión antes de fallecer, estando con escritores reconocidos como Carlos Montemayor o Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, si mal no recuerdo, si vi que tenía a los presentes hipnotizados por su sabiduría.
Las entrevistas hechas por Héctor de Mauleón son una radiografía muy sincera de cómo es que se formó el Cronista de la Ciudad de México. Aunque él honestamente y con sencillez señalara que eso de “cronista de la ciudad de México” era imposible, pues quién podía abarcar toda la sabiduría de una urbe de tal envergadura. Esa visión, así como la del sabio cronista e historiador Guillermo Tovar y de Teresa, quizá uno de los cronistas y sabios más admirados por quienes le conocieron, dejó en claro que la necesidad de crear cronistas de delegaciones en el Distrito Federal era necesario. Palabras sabias y simples, dice Carlos: “—Cuando uno está inmerso en la lectura, en la pasión por el cine, en la pasión por cómo seguir a una sociedad por sí misma, no te puedes marcar fechas. Pero creo, en todo caso, la visita a Alfonso Reyes en la Capilla Alfonsina. Me consiguieron una entrevista Sergio Pitol y Luis Prieto, que lo veían con cierta frecuencia. Y en una ocasión Cuauhtémoc Cárdenas, que conocía muy bien a don Alfonso por la relación de don Alfonso con el general Cárdenas nos invitó a tomar un café”. Se ve gran respeto por nuestro Sabio.
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