Por: Francisco Javier Estrada

Carlos Monsiváis dejó huellas en varias áreas de la cultura mexicana. Atender con seriedad —ajeno a esa idea de que no sabía de historia—, ha de permitir, entender que el género de la Crónica es el género que más se acerca a todo aquello que se pueda hablar o escribir y publicar. <<Nada de lo humano nos es ajeno>>, ni tampoco, en experiencia de vida, con respecto a la naturaleza y sus reglas milenarias.
‘Cronista’ que pide obligadamente que se escriba sólo de ‘historia’ es un ignorante de lo que es en verdad la Crónica, del respeto que merece ella, pues es la voz más genuina de nuestra existencia en este planeta. Respetar los intereses por la crónica de otros que miran el deporte, el cine o la cultura en general, es obligada tarea, pues es la cotidianidad del que relata la vida quizá su mayor reserva de hechos que contar ante nuestros contemporáneos. <<No sólo de historia se hace el Hombre>>.
Leer el libro La cultura mexicana en el siglo XX, editado por el gobierno de la Ciudad de México y El Colegio de México en el año 2011 es prueba de su sabiduría. No hay página que no aporte conocimientos y hechos que vienen a comprobar lo que un Cronista de la Cultura puede hacer por sus lectores y sus conciudadanos al relatarnos los sucesos de un siglo en el México independiente.
Inacabable el texto de referencia, cito a Carlos: “De cuando se le otorgaba credibilidad a las utopías / Entre 1921 y 1924 Vasconcelos convoca, polemiza, lucha por el presupuesto que el gobierno no autoriza, cree posible hacer a un lado la inercia de siglos, dice su verdad con estruendo, instruye todo el tiempo, lleva su avidez didáctica (él, que desconfía de los pedagogos) a cualquier tema: la concepción del Universo, la higiene, el deporte o el manual de urbanidad. Y el afán de implantar la universalidad fomenta de paso el nacionalismo y el nacionalismo cultural”. Referente del siglo XX mexicano es José Vasconcelos, un educador y promotor cultural que no ha tenido par en la vida de nuestro país. Por más que algunos han querido igualarlo o superarlo, pocos tan destacados como él. Quizá su alumno Jaime Torres Bodet en su papel de secretario de Educación durante el gobierno del presidente Adolfo López Mateos.
Revolucionario en todo, sigue siendo referente en pleno siglo XXI. Sobre todo, cuando la calidad y sabiduría de los secretarios de educación en el país han caído en calidad y sabiduría de su papel. Cuenta Monsiváis: “El mesianismo educativo (llamar la atención para reeducar la mirada) requiere laicidad. El secretario de Educación viaja por el país, verifica la condición de las escuelas, busca extraer recursos de donde sea, crea la legión de alfabetizadores (“misioneros, en su idea”), inventa la genealogía que es el ordenamiento de un símbolo y se identifica con el mito prehispánico de Quetzalcóatl, el civilizador.
Todo desmesurado y, por lo mismo, a la altura del momento, del ideal socrático o de la visión nietzscheana del superhombre. Poetas, ensayistas, filósofos, pintores, historiadores, estadistas en ciernes, se conmueven ante la inminencia del humanismo forjado entre todos”. Nada igual ha visto nuestro país ante un líder y personaje de estas cualidades de inmensidad en sus proyectos y la capacidad de realizarlos en un México que parte de su vivencia y pobreza de analfabeta y como conocedor de la cultura universal. El nacionalismo como mito tenía ese defecto terrible de desconocer lo que era la historia humana y sus alcances en América y Europa, por sólo citar a la cultura occidental.
Carlos dice: “…Las cosas no resultan así, el avance es muy desigual, pero la transformación es enorme y sus resonancias son incontables. Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Jaime Torres Bodet, Roberto Montenegro, Manuel Gómez Morían, se reúnen a los ateneístas Julio Torri, Antonio Caso, Pedro Enríquez Ureña, y a los más jóvenes: Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia”. Sólo citar estos nombres da escalofrío de que México al entrar el siglo XX y en su transcurso pudiera presumir de personajes no solo nacionales sino internacionales por su talento y calidad humana y cultural.
Prosigo con Carlos: “El momento es eléctrico y los participantes —y son numerosos los testimonios al respecto— se sienten seres inaugurales, descendientes y antepasados de sí mismos. La nación existirá con plenitud si se le indica el camino. Vivir es predicar, leer, organizar, alfabetizar, pintar, componer, escribir, admirar. En un sector significativo la resignación o el fastidio ante la gleba se torna apostolado, y como se le quiere “regenerar” cunde un nuevo concepto. La “ingeniería social”, la técnica que distancia del mero impulso romántico o caritativo.
La civilización exige la fe en el libro, en los clásicos de la pintura (el arte universal y el nacional), en la buena música. Es tan vigorosa esta política cultural que hasta la fecha perdura parcialmente. Su mensaje es el resumen de la Revolución como proyecto a mediano y largo plazos: un pueblo analfabeto será siempre esclavo”. Bien mirado, es el estallido que desde el 15 de septiembre de 1810 y después con el movimiento de Reforma de 1857 expresa por fin el deseo espiritual y en su realidad y territorio de lo que desea el mexicano ya liberado de las cadenas de la Colonia Española.
Tardó un siglo en expresar en la vida práctica, cotidiana lo que el espíritu del mexicano humanista y universal desea para su patria. Poco como José Vasconcelos logran unir esta explosión de saber, de realización, de expresión cultural que no conoce fronteras. Y poco como Carlos Monsiváis logran conjuntar los sucesos de la historia que viene de la Revolución de 1910 para hacer crónica de aquella década, en particular la de 1920, cuando el Secretario de Educación llamado José Vasconcelos pone la vara alta al futuro de cómo debe ser un secretario de Educación en el país, de cómo debe ser un promotor apasionado por su patria y su pueblo.
Las crónicas culturales de Carlos Monsiváis tienen pocos autores iguales a su sapiencia. A su sentido de la contemporaneidad que es cualidad esencial del verdadero Cronista. El cual no debe quedarse pegado al pasado, sino que lo pretérito le debe permitir contarnos cómo es nuestro presente. Como referirnos a él sin temor y sí con valentía de relatores de lo que sucede en nuestra patria, en la comunidad, pueblo o urbe que habitemos. Un libro, éste que leo con gozo, que merece hacernos entender la importancia de Carlos ante el respeto de aquellos que en vida le llamaron “Cronista de la Ciudad de México”. Cuando ésta era a finales del siglo XX la expresión de la antigua Ciudad de los Palacios y veía la reestructuración de sus riquezas patrimoniales ser embestida por la llegada del “futuro” que como caballos bárbaros le terminaron haciendo lo que es en sus ejes viales y sus grandes edificios.
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